El premio

 

 

 

En el siglo XVII se da un hecho singular en la vida de los ciudadanos y que yo sepa no se ha producido nunca más: el premio.

Hasta los Reyes Católicos se había dado la paridad en la moneda. Se trataba de que una moneda tenía como valor facial lo mismo que el valor del metal que contenía, equivalencia entre el valor intrínseco y el valor nominal. O sea que, por ejemplo, el metal de una moneda de un real valía un real.

Pero a partir de entonces comienza a bajar la proporción de plata que se contenía en las monedas de vellón, de una forma paulatina, tanto que con Felipe IV toda la moneda el vellón que se acuña se había convertido en cobre.

Vamos a concretar. Un real tenía 34 maravedíes. El real era de plata y los maravedíes eran de vellón, y la cantidad de plata en el real era la misma que la plata contenida en los 34 maravedíes. Pero la cantidad de plata de los maravedíes va menguando con el tiempo hasta desaparecer, de forma que quien tenía dinero de oro o plata, si tenía que cambiarlo por maravedíes, no quería 34 maravedíes sino más porque los maravedíes valían menos. Se llegó a exigir hasta el 50 % de suplemento, de lo que se deduce que en la práctica un real valía entonces 34 + 17 maravedíes. ¡¡51 maravedíes!!

Ese dinero suplementario era el premio.

 

A continuación os presento dos monedas a las que se les aplicaba el premio:

 

Felipe II, 2 reales ceca de Potosí

Peso: 6´6 gramos; diámetro: 25-27 mm

 

Felipe III, 4 reales de 1610, ceca de Toledo

Peso: 13´5 gramos; diámetro: 29-33 mm.

 

 

La acuñación de los reales de tipo María fueron una solución al problema del premio. Si se rebajaba el peso de la moneda sin bajarle el valor facial ya no era necesario el premio. Y eso es lo que se hizo.

 

Carlos II, 4 reales. Sevilla.

Peso: 10´9 gr

 

Con Carlos II, en 1686, se aprueba la emisión de una serie con la reducción de 1/5 del peso anterior, lo que suponían 11 gramos en la pieza de 4 reales, que es el caso de la foto que se presenta, en lugar de 13´7 gramos teóricos en las piezas clásicas. Esas emisiones se conocen como Marías.

 

Claro, pero para eso habría sido necesario recoger toda la moneda circulante a la vez que se fabricaba otra nueva, lo que no era posible con el desarrollo de la época. El resultado fue que ahora había unos reales con premio y otros sin premio.

 

Esa decisión de rebajar el peso de la moneda tenía además otra consecuencia: el pueblo detectaba rápidamente el cambio y se originaba un rechazo a la medida pues atentaba directamente a su economía. Si una persona tenía que recibir una cantidad de dinero exigía se le diesen reales clásicos y no estos nuevos.

 

Pero era necesario ajustar los valores de los metales empleados en la fabricación de monedas, oro, plata y cobre. Si en algún momento aumentaba el valor de la plata, por ejemplo, ¿qué ocurría? Pues si el valor del metal era mayor que el valor facial se producía la fundición de las piezas por parte de los particulares, pues interesaba vender el metal en pasta. O se producía la salida o exportación de esa moneda a la vez que entraba una moneda extranjera equivalente pero con menor cantidad de plata (la famosa ley de Gresham).

 

¿Como hacer que una moneda disminuyese de valor sin que se atentara con su peso?

Pues bajando su ley, que es lo que se había hecho con el vellón aunque de forma grosera. Asi se justifica la bajada de la ley en determinadas monedas de Carlos III, por ejemplo, pues de ese titular tenemos onzas con diferente ley y siempre a la baja con los años. Y el pueblo no se enteraba.

 

Otra situación parecida pudo haber ocurrido ya en nuestro tiempo. Con las 100 pesetas de plata de Franco. Unos años después de su puesta en circulación se produjo un aumento del precio de la plata, de forma que el valor de la plata de una de ellas era superior a 100 pesetas nominales y comenzaron a fundirse. Y desaparecieron de la circulación no porque se fundieran todas sino porque se produjo también un acaparamiento de ellas por parte de particulares cuando se retiraron de la circulación. En cualquier casa hay alguna. No fue necesario echar mano del premio.

 

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